Todo empezó con unas vacaciones con mi madre en Oliva, cuando en nuestra estancia allí unos amigos de mi madre nos propusieron dar unas clases durante la semana de vacaciones.

Por aquel entonces yo tenía 10 años y, para mí, era un evento mas de personas mayores en el que me aburriría de manera desmesurada.

Cuál fue mi sorpresa cuando parado en aquella alfombrilla, mi profesor me dejó uno de sus palos para que empezara mis primeros golpes. En ese momento, cuando agarré el palo por primera vez, quise no soltarlo en todo el tiempo que quedaba de clase.

Fue un amor a primera vista. Hago aquí un paréntesis: el mundo del golf es algo atractivo visto desde fuera, perfiles de alto poder adquisitivo recorriendo el club y los campos, con sus vestimentas golfísticas de marca, buenos coches, familias sonrientes y numerosas, todo ello en un contexto de naturaleza, buen clima y diversión. ¿Quién no querría vivir estas experiencias?

Volviendo a la realidad, este deporte que, desde fuera parece idílico, requiere de mucho compromiso, esfuerzo, inversión económica y constancia. Esto cambia mucho la percepción de alguien que quiere salir por primera vez a un campo o ponerse en una alfombrilla y dar bolas como si fuera el golfista profesional que se gana la vida con ello.

Siguiendo el hilo de mi historia, esa misma mañana quise ser uno de esos golfistas descritos anteriormente pero supe que también requeriría una dedicación que, con esa edad, no sabía si sería capaz de ponerla.

Llegamos a Madrid y mi madre se hizo socia del club al que pertenecía esa pareja de amigos que nos invitaron por primera vez y nos abrieron las puertas al mundo del golf. Compramos un equipo de iniciación básico, marca Decathlon y empecé a funcionar. Di mis primeras clases y jugué mis primeros partidos.

Al principio todo lo que empezó como un sueño idílico se fue transformando en frustración, pereza, agobios…No conseguía dar una bola a derechas, las clases no me motivaban y la chispa se iba acabando.

Reconozco que estuve una larga temporada sin fuerzas ni ganas de continuar, asistía a las clases y acompañaba a mi madre y sus amigos al club, pero sin ninguna motivación aparente. Pasaron los años y empecé la universidad, fue en aquel momento cuando me volvió a picar la curiosidad, de repente, de la nada. desempolvé la bolsa de los palos y fui al club mas cercano de casa a retomar lo que en un principio sería mi afición por excelencia.

Esa misma mañana, me informé en la casa club para recibir clases y empecé a la semana siguiente. Retomé poco a poco el deporte y, con esfuerzo y constancia recuperé esa pasión que perduró hasta la fecha.

Hoy en día y, cinco años después de una constancia semanal, juego todos los fines de semana con mis amigos y recibo clases cada poco tiempo para reforzar ciertos aspectos.

Mi pasión existe y esa pasión se llama: GOLF.